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Un librillo excepcional


No escribo mucho, como en otro tiempo, para nuestras Noticias, pero quiero hacerlo ahora, por presentar a quienes no lo conozcan un librillo excepcional: Ignacio Iglesias, S.J.: San Ignacio de Loyola - Del Íñigo en busca de Dios al Ignacio compañero de Jesús / edibesa, Madrid, 2010 [isbn: 978-84-8407-925-5]; presentación a la que añado las señas de la casa editorial: Madre de Dios, 35 bis - 28016 Madrid - Tel: 91.345.1992 - Fax: 91.350.5099 - edibesa@planalfa.es - www.edibesa.com.

En pocas palabras, el libro es maravilloso, sencillo y profundo, como, por él, aparece haber sido Ignacio Iglesias. Paralelo en alguna forma a la 'Biografía documental de Eusebio Francisco Kino' de Gabriel Gómez Padilla, el autor da la palabra al mismo Ignacio cuantas veces le es posible, y sólo en pocos casos a testigos inmediatos, como Ribadeneyra; por lo que cita numerosas veces la Autobiografía, el Diario Espiritual y los Ejercicios, y eventualmente alguna Carta, la Fórmula del Instituto o las Constituciones (y la Biblia), siempre entretejido todo en un texto sin pedantería alguna, que va acompañando al lector a penetrar en la vida interior de Ignacio, toda ella una continua 'conversión'.

Divide el autor en tres partes el cuerpo del libro, precedido de una 'Presentación' y seguido por un 'Cierre': 'El mundo que recibió a Íñigo López de Loyola', 'Íñigo López de Loyola' y 'Conversión'.

La primera pinta en maravillosa síntesis el mundo dicho: 'Un Occidente en expansión y en conflicto (Islam, América, Castilla-Aragón, Occidente, la tierra de Íñigo y El Renacimiento)', 'Una Iglesia necesitada de reforma profunda', y 'Loyola'.

La segunda, más breve, tiene un único capítulo: 'Íñigo, un cristiano'.

La tercera, la más amplia y profunda de las tres, se desarrolla en seis capítulos, cada uno a su vez subdividido en episodios peripéticos. Son ellos: Loyola o el encuentro; Manresa o la escuela; París y los amigos; Roma, su Jerusalem; Una ventana a su intimidad, y "Y que esto era fundar verdaderamente la Compañía".

A mi ver y sentir, mucho más que una biografía, la obra de Iglesias es un libro de oración: un ir muy verdaderamente al fondo de Ignacio, para allí encontrar a la vez el fondo mismo de la Compañía: la amorosa presencia activa de Dios en un hombre conducido por intransitadas brechas desde el 'grande y vano deseo de ganar honra' hasta el anhelar, laborar y suplicar únicos 'para que su santísima voluntad sintamos y aquella enteramente la cumplamos'.

Sin quererlo, el mismo Ignacio Iglesias se trasluce en su última obrita, de sólo 192 páginas en cuarto (20 x 14) cm², terminada apenas poco antes de su última hazaña: su muerte, el 11 de septiembre de 2009: Un jesuita salmantino de cuerpo entero y alma entera, cercanísimo amigo y colaborador de Pedro Arrupe, por tiempos Provincial de León, Asistente de España, Provincial de España, Presidente de la CONFER [Conferencia Española de Religiosos] y Director del Secretariado Inter­provincial de Ejercicios [de España] y de la Revista Manresa. Conservo y valoro como un tesoro la carta que me escribió de su mano el 19 de abril de 1993, de la que me complazco al transcribir ahora siquiera su primer y último párrafo:

He buscado un "Félix" en el Catálogo de México y sólo he encontrado su nombre. Por ello y porque veo que se dedica Vd a Ejercicios, deduzco que puede ser Vd el autor de un pequeño MANUAL DE EJERCICIOS, impreso en 1989, que acaba de caer en mis manos. (... ... ...) Ciertamente me parece que Dios le ha dado un carisma, que no figura entre los de 1 Cor, 12, el de la traducción y adaptación terminológica, con la que hace llanas e inteligibles para muchos las expresiones ignacianas y sus contenidos.

El librillo lo conocí yo, en mi visita última a México, como regalo de día de santo: el 20 de noviembre del año pasado. Lo he leído varias veces, y, leyéndolo de nuevo, me llegó la visita a Hermosillo del Patacho. A él lo sugerí, como muy útil para compañeros en probación o en formación, y aun para los ya formados que tengamos consciencia de que aún necesitamos convertirnos. Me atrevo a copiar la última parte del libro, que en alguna manera lo resume:

CIERRE

La conversión no es un episodio aislado, que se puede analizar en sí mismo. Es un nacimiento (Jn 03:03). Es vida nueva, que crece sin parar. Es un río, que se va abriendo su cauce original, ayudado por las mismas rocas que parecen estorbarle.

Del «grande y vano deseo de ganar honra» inicial de Ignacio, al que «su santa voluntad siempre sintamos y en todo enteramente la cumplamos», hay una larga vida, una larga y profunda conversión, en la que Ignacio va «llevado», de sorpresa en sorpresa, de descubrimiento en descubrimiento, por el activo e infinitamente respetuoso Amor, que es Dios. Y lo sigue, no lo precede.

El paso a paso y el día a día de ese camino están hechos de retazos de conversión:

— del hacer más y mayores penitencias que nadie, al moverse por agradar a Dios (Jn 08:29);

— del yo lo tengo de hacer, al vivir preguntando a Otro: ¿qué he de hacer?;

— de la seguridad en sí mismo, en el dinero, en los amigos.., al en él solo la esperanza;

— de la impulsividad al discernimiento;

— del yo, por mí, para mí, al «los otros», al ayudar las ánimas, al que no se puede ya renunciar;

— del héroe, al servidor;

— del yo, al «nosotros», a la unión y congregación que Dios había hecho (los «amigos en el Señor»);

— de las devociones, a la devoción, entendida como familiaridad de encontrar a Dios en todas las cosas;

— de su «propósito» personal, Jerusalén, a la búsqueda de la voluntad de Dios, ya que no era voluntad del Señor que quedase en aquellos lugares; y del «propósito» colectivo del grupo de París, también Jerusalén, a la misma entera disponibilidad a Cristo en su vicario, en Roma;

— de las seguridades de la casa de Loyola, a la intemperie de la pobreza del hospital de Azpeitia y al solo y a pie de su camino al salir de los límites de la provincia, etcétera...

Ignacio enciende conversión por donde pasa; pero no por repetición de la suya, sino por encendido de una nueva. Así concibió los Ejercicios; como en los fuegos artificiales, un mismo fogonazo enciende multitud de luces diversas. En cada ejercitante arde Dios con su propio fuego.

La conversión no se puede institucionalizar, ni regular. Es lo más original de Dios y del hombre. Una Institución no convierte, ni se convierte; se reforma por hombres y mujeres convertidos. Sólo si se deja reformar, ayuda. Ignacio lo concluyó de su propia conversión para los que se incorporan a la Compañía de Jesús:

 
«Procure, mientras viviere, poner delante de sus ojos, ante todo, a Dios, y, luego, el modo de ser de este Instituto, que es un camino para ir a él y alcanzar con todas sus fuerzas el fin que Dios le propone, aunque cada uno según la gracia con que le ayudará el Espíritu Santo, y según el propio grado de su vocación (Formula Instituti [citada según el texto aprobado por Julio III, e incluido en su bula Exposcit debitum, del 21 de julio de 1550])».

 

FxsI
comunidad Rafael Campoy
C° de la Campana, Hermosillo, Son.
20120526

Una guía práctica para el discernimiento


1. Prenotandos:

11. Utilidad: Protege, como filtro, el corazón, la conciencia y la libertad, contra interferencias que los entorpecen. 

12. Presupuesto: Siendo necesario, debe ser fácil y al alcance de todos, y, aunque cada quién habrá de hacerlo como descubra que mejor le funciona, puede ayudarle conocer modos como otra gente lo ha hecho antes.

13. Tiempo: Cuando me resulta necesario u oportuno tomar una decisión, especialmente si preveo irreversibles o importantes con­secuencias de ella para otras personas o para mí, y en proporción a esto.

14. Lugar: No suple a la experiencia, la información, el estudio, la reflexión, el diálogo o la consulta, que me lleven a conocer bien de qué decido, y menos aún a mi decisión, que ha de ser, lo más posible, mía, libre y responsable.

15. Requisito: Un anhelo o ideal creciente y sincero por dedicar mi vida a alguien o algo, que valoro como plenitud.

16. Situación: Siendo muy complejo todo ser humano, mi libertad no es plena, sino limitada, no sólo por la natura­leza, sino, más aún, por condicionamientos humanos internos y externos: antojos, aversiones o rutinas, y persua­siones o estilos comunes; que me invitan o demandan e impulsan o jalan a decidir y actuar en un sentido u otro.

17. Instructivo: Ningún instructivo o guía garantiza éxito, pero cualquiera puede alcanzarlo: ofrecen sólo pistas que habré de adaptar para mí, o de las que prescindiré, o a las que sustituiré con otras propias que experimente mejores.

2. Método:

21. Traiga a la memoria imaginativa y emocional momentos de paz y plenitud vividos, en que han prevalecido la claridad, la paz y la alegría duraderas y profundas; y, con ellos, así revividas, fortalezca mi fe y confianza internas.

22. Si esto me es suficiente para iluminar y propiciar una decisión tranquila, hágala, sin complicar ya más las cosas.

23. Si no me basta, precise como opuestas las alternativas por decidir, en forma que una a otra se excluyan.

24. Pregúnteme: Si fuere ésta la última decisión que habré de hacer en mi vida, ¿qué decidiría?, para librar mi vo­luntad de ataduras o frenos de la libertad creativa: lastres de lo pasado y amenazas o temores ante lo futuro incierto.

25. Si con esto experimento ya capacidad y paz, decida o pre-decida tranquilamente, y pase abajo, al tercer punto.

26. Si no me basta, razone y analice qué tanto cada alternativa se orienta hacia mi propio ideal o en contra de él.

27. Si con esto es suficiente, haga en paz mi decisión o pre-decisión, sin más complicaciones, y pase al tercer punto.

28. Si, tras un razonable empeño, no logro nada, confíe al azar o suerte la selección de alternativa, desde el supuesto de que se trata de algo muy marginal, indiferente, intrascendente o poco significativo y de consecuencias mínimas.

3. Confirmación:

31. Hecha la decisión (o, en su caso, la pre-decisión), saboréela como ya realizada, y sienta si embona en mis idea­les, o si viene a mejorarlos o ajustarlos; y si no, revíselos o revise lo decidido, pues hay algo en mí que no funciona.

32. En el primer caso, pase del pre-decidir al decidir, y/o confirme lo decidido; en el segundo, si es posible, deje descansar el asunto por un tiempo, para enfrentarme a él en mejores condiciones, o busque pronto ayuda confiable.

33. Puede ayudarme exponer a alguien, o en comunidad o grupo, el proceso hecho y su resultado; no para someter­los a un escrutinio racional o una aprobación ajena, sino para sentir si mi decisión es recibida en paz y alegría, o si causa sentimientos contrarios a estos, como miedos, discusiones, confusiones o resentimientos.

34. De ser este segundo el caso, habré de considerar qué tan integrada está la comunidad o grupo, o qué tanto soy miembro de ella; para, si es el caso, plantearme si me es mejor avanzar con otra gente o por otro rumbo en mi vida.

4. Notas:

41. Si no tengo ideal, meta o rumbo claro en la vida, o si no pasan de ser un sueño o una mera apariencia, requiero tratar de elegirlo o adoptarlo antes, como primer principio y último fin a los que todo lo demás ordene o subordine.

42. La manera única de aprender a discernir, es intentándolo, con las gentes, modos o recursos disponi­bles, confiando en que todo ser humano fundamentalmente está bien hecho y de por sí hace bien las cosas.

43. Todo esto se puede formular en reglas o refranes, ya en símbolos y contextos religiosos, ya en profanos. Siendo fácil y muy útil hacerlo, no tiene por qué ser necesario: depende de la historia personal y cultural de cada quién.

MxSoHm:20130303D1200:FxsI

Los refranes de don Nacho


Los refranes de don Nacho pa’ no cagarla tan gacho:


Si apenas caminando por la vida vas, catorce te aplicarás:

  1. Los aplausos y amenazas, del chamuco son tenazas (EE 314).
  2. Alivianes y razones nos hacen menos cabrones (EE 315).
  3. Cuando Diosito aliviana, lo bueno nos viene en gana (EE 316).
  4. En la güeva y el agüite toma el diablo su desquite (EE 317).
  5. En capricho y encabrone el chamuco es quien dispone (EE 318).
  6. Si te cuesta un huevo hacerla, métele dos pa vencerla (EE 319).
  7. Por jodido que te veas, puedes mucho si peleas (EE 320).
  8. Por chinga que sea una chinga, pasa el tiempo y se la chinga (EE 321).
  9. Si gratis la vas haciendo, no es pa que te andes engriendo (EE 322).
  10. Cuando te sientas chingón, haz más fuerte tu cantón (EE 323).
  11. Muy jodido o muy chingón, eres el mismo cabrón (EE 324).
  12. Si dices nomás tantito, te la meten al ratito (EE 325).
  13. Si nadie lo ha de saber, solito te has de joder (EE 326).
  14. Te apendejas y la cagas donde ya sabes, ni te hagas (EE 327).


Si ya la llevas de gane van ocho contra el arrane:

  1. Cuando lo bueno te agüita, el chamuco te visita (EE 329).
  2. Aliviane no buscado por Diosito es regalado (EE 330).
  3. De alivianes procurados hay que ser muy desconfiados (EE 331).
  4. Al que en lo chido se fía, el chamuco lo desvía (EE 332).
  5. Si vas perdiendo la paz ya se metió Satanás (EE 333).
  6. Si el chamuco te enmaraña, apréndete bien su maña (EE 334).
  7. Ni Dios ni el diablo hacen ruido en terreno conocido (EE 335).
  8. Dios deja la cosa hecha, llega el diablo y se aprovecha (EE 336).
FxsI

A Dios se le sirve sirviendo a los humanos

Félix, s.I.

1. Soy Ignacio de Loyola.  En la España de hace cinco siglos, la de los descubrimientos y conquistas, mi adolescencia transcurría en la corte de Fernando el Rey Católico, gracias a muy añejas amistades de mis padres.
Llegué así a mis veinticinco años, sin más afán que el de acomodarme bien en mi mundo, como cualquier joven de ahora: soñaba en dominar.., y no veía otro camino que el de aceptar también ser dominado.  Aspiraba a una dama de la más alta sociedad, y no quería servir sino a los más grandes señores, para lucrar de ellos y exigir que me sirvieran quienes no hubieran logrado treparse tan alto como yo.
Mi ansia por ser más me llevó a embarcarme en una aventura militar, de la que salí herido y derrotado.  Mi despertar fue duro, con una pierna destrozada que dolía y me inutilizaba por completo.  Y con meses de obligado ocio, primero en cama, después en un sillón...

2. Horas y horas de soñar y divagar me llevaron al planteo fundamental: ¿en qué se me está yendo la vida?, ¿a qué quiero dedicarla?  O, en otras palabras, ¿qué estoy haciendo de mí mismo?, ¿qué quiero hacer de mí en delante?
No hallando con qué desaburrirme, empecé a leer el Evangelio.  Y poco a poco empecé a cambiar mis sueños, y a sentirme con éstos nuevos más en paz que con los anteriores.  Y me decidí por un nuevo amor y por un nuevo servicio:  no amaría ya sino a Jesús y no serviría ya sino a mi Dios.
Emprendí un nuevo andar y hacer camino, con largos meses de saborear detalle a detalle el Evangelio.  Y comprendí que no había otro amor a Dios que el de Jesús, ni otro servicio a Dios que el que se hace a los humanos.
Y me lancé a invitar a otros a vivir una experiencia semejante a la mía, y a seguir de cerca a Jesús, en el amor y servicio a los más débiles y pobres, con quienes compartía yo el pan que mendigaba, y a quienes les hablaba de Jesús.
Lo hacía sin ningún título, y provoqué por eso la desconfianza de las autoridades religiosas, que, según los estilos de mi época, hasta en la cárcel me encerraron.  Eso me decidió a estudiar:  No por lograr una posición económica o un instrumento de prestigio o de dominio, sino para mejorar mi capacidad de servicio y para que me reconocieran la libertad de comunicar a otros la buena noticia de Jesús.
En la universidad hallé buenos amigos entre los pobres, y supe contagiar a algunos de ellos mis ideales, hasta que nos comprometimos a formar un grupo:  para acompañar a Jesús, que vino a servir, no a ser servido, y para hacernos también compañeros entre nosotros, ayudándonos a ser leales en la entrega total nuestra a Jesús y a su causa.

3. Armados ya con título universitario, servíamos a los enfermos de los hospitales públicos, visitábamos a los presos y dábamos a las prostitutas y a los pobres la Buena Noticia de Jesús, considerando que era lo mejor que podíamos hacer para servir a los demás.
La vida nos llevó a Roma y a entrevistarnos con el Papa.  Nos alegró recibir permiso de él para ser ordenados de presbíteros, porque veíamos en el presbiterado una excelente herramienta de servicio.  No teníamos otro anhelo que el de servir a Dios, pero sabíamos que a Dios se le sirve sirviendo a los humanos: que la gloria de Dios está en la plenitud de vida de la familia humana.
El grupo, convertido en Compañía de Jesús por decisión del Papa, me pidió un nuevo servicio:  el de ayudar a mantenernos coordinados y unidos; servicio tanto más necesario cuanto que ya para esas fechas Xavier, uno de los primeros compañeros, iba ya de camino a servir al Evangelio y a los pobres en el lejanísimo Japón.

4. Un siglo y poco más había pasado, cuando el joven Eusebio Kino repitió mi misma experiencia: los originales Ejercicios.  Y él y sus compañeros a su tiempo dieron a Sonora un muy válido servicio.
El secreto de estos compañeros, como de nosotros, los primeros jesuitas, es sencillo: 1) Todos los seres humanos son iguales, y tienen derecho a vivir y crecer en libertad.  2) No hay otro amor u otro servicio a Dios que el amor y servicio a sus hijos, los humanos, especialmente a quienes más amenazada ven su libertad y su consciencia.  3) Este servir a Dios, que se realiza en las más múltiples tareas, suele acarrear incomprensiones y persecusiones; pero éstas no apartan de Jesús, sino que acercan más a él.

5. He sido reconocido por las autoridades de la Iglesia como un buen acompañante en los asuntos del espíritu, y mis Ejercicios siguen siendo escuela de amor incondicional a Jesús y de servicio:  Servicio a él, y sólo a él; servicio que no es real sino en solidaridad de iglesia o comunidad para servir a los humanos, especialmente a los pobres, más presentes al corazón de Dios cuanto su vida se ve más amenzada.
Jesús no distinguió entre samaritanos y judíos, ni Pablo entre judíos, griegos y romanos.  Ni hubo para Kino ópata, pima o español, sino tan sólo humanos, tan dignos de confianza y tan sabios y buenos como él.  Tampoco yo distinguiría hoy latinoamericano, chino, gringo o musulmán:  Me esmeraría en capacitarme mejor para la tarea en que se previera un más eficaz o urgente servicio a los demás, deseoso sólo de servir a todos en respeto y libertad, para gloria de Dios en el crecimiento libre, feliz y armonioso de sus hijos.

Tu servidor,
Ignacio de Loyola, s.
I

Hacia una espiritualidad joven


"Si se dejaran circuncidar,
Cristo no les serviría de nada".
(Ga 05:02)
0. Desde mi limitadísima experiencia y con mi modesta teología redacto esta nota por compartir algunas inquietudes.
1. No sé cómo se defina "joven"; pero la palabra evoca en mí numerosos concretos: el raterillo preso que, hambriento, comparte con sus compañeros el vaso de agua de arroz que acaban de regalarle; la adolescente prostituta que cuida el hijo enfermo a la colega, "porque ella necesita más que yo el trabajo"; el peón que, sin bautismo a los dieciocho y profesando no creer en nada, no responde si tiene hambre hasta no investigar si ya comieron todos; y así muchos otros, que "son fuertes, en quienes está el mensaje de Dios y quienes han vencido el mal" (1J 02:13-14).
Tienen ellos en común el no ser "laicos", sino simplemente "gentes" de la que puebla nuestras barriadas: de esa enorme población a la que nos conduce por igual la opción por los pobres y la opción por los jóvenes (dado que indudablemente la mayoría de los jóvenes son pobres y la mayoría de los pobres son jóvenes).
Me recuerdan inexorablemente al siervo de Yavé (Is 53:02):
"Quiso el Grande que él brotara como yerba en tierra seca:
por eso nadie lo mira ni nadie lo toma en cuenta;
él sufrió desde pequeño: se acostrumbró a la pobreza.
Le sacábamos la vuelta y nadie lo consolaba:
sufrimientos y desprecios, fueron por siempre su paga,
y todos juzgamos de él que era un bueno para nada".
Para mi, éstos son los jóvenes; y porque la historia y la vida los han golpeado, cada uno de ellos se considera a sí mismo tan sólo "uno de tantos'.
Esta es la base de su espiritualidad: lo que les abre el corazón y los ojos para ver en cualquiera a "otro de tantos", y para que germine en ellos un fundamental sentido de solidaridad.  Una solidaridad como ésta fue la que sacó de su rancho hace muchos años a un joven que vivía y trabajaba en Nazareth.  Y esa solidaridad es obra del Espíritu.
La espiritualidad juvenil es, pues, el sentido de solidaridad de los jóvenes: su sentirse unos de otros solidarios, y su anhelar por una solidaridad más efectiva entre ellos y entre todos.
La mirada limpia del joven, sin requerir de perspicacia especial, ve en el adulto la causa de sus males; y el joven en su generosidad puede perdonarlo, pero considera que a sí mismo se traicionarla si con él se hiciera solidario.  Intuye, por el contrario, la víctima en el niño y hacia él se siente responsable: ve su pasado en él; pero ve sobre todo al joven futuro, para quien él mismo será irremediablemente adulto.
2. Con todo, esta espiritualidad del joven es con frecuencia demasiado débil y restringida: no por ser la solidaridad menguada de un joven pleno, sino la solidaridad plena de un joven menguado; no por falta de espiritualidad en el sujeto, sino por falta de sujeto en la espiritualidad.
Porque frecuentemente los adultos hemos victimado demasiado a los jóvenes: desde niños les hemos negado la estima y el cariño, y han crecido por ello "como yerba en tierra seca": ¡su sólo no haber muerto por completo denota la pujanza del Espíritu!
Pocos hay y quizá ninguno que sospeche lo que el Espíritu haría en él, si él no se resistiera..., y si entre todos no nos empeñáremos en sofocarlo: "Demasiado sufrimos en la casa por el alcoholismo de mi padre, por eso yo no bebo.  Prefiero alivianarme con el tíner y el cemento".
Lo opuesto a la solidaridad es el vicio, la "afición desordenada", como algún autor dijera: Porque a los ojos del vicioso el otro va siendo cada vez más tan sólo un proveedor potencial de satisfactores para su vicio.
Ya la catequesis tradicional nos hablaba de siete vicios o pecados capitales.  Pero entre ellos sobresale el vicio de los vicios: el que inoculamos los adultos en los jóvenes, y con el que amenazamos de muerte su espiritualidad innata.
Porque les ofrecemos una sociedad en que por dinero cualquier solidaridad se traiciona, y les trasmitimos la mentira de que la inseguridad se supera, no con solidaridad, sino con dinero: iniciamos al niño y al joven en el vicio del dinero, sabiendo que en él no hay límite que lo detenga a uno, y que no hay espiritualidad que pueda coexistir con este vicio, como hace muchos siglos quedó dicho (Mt 06:24).
Vicios menores al lado de éste resultan otros, como la pereza o la lujuria, de que a veces acusamos a los jóvenes; y no tan menores los que más directamente atentan contra la consciencia (como las drogas o la religión, en que algunos jóvenes buscan refugio).
3. Contra la codicia de riquezas y otros vicios, quien ha de luchar en primer término es el Espíritu de Dios, responsable primero de toda espiritualidad y solidaridad humana; y en segundo lugar el mismo joven, de quien es secundar al Espíritu o resistirle.  Pero unos de otros también somos responsables, y algo hemos de hacer por nuestros jóvenes.
No es novedad que sólo un Nombre hay por el que podamos ser salvados (Hz 04:11) (aunque sí quizá que no es preciso que ese Nombre se mencione siempre); y nuestra tarea es anunciarlo con hechos más que con palabras a los jóvenes:
En primer lugar, confiando en ellos y respetándoles su libertad (que no es sino confiar en el Espíritu y respetarlo), por dejar que inmediatamente obre el Creador con su creatura y la creatura con su Creador.
Y, en segundo, siendo como adultos presencia de Dios para los jóvenes:
Jesús en el Jordán, siendo "uno de tantos", como nuestros jóvenes, escuchó la voz de Dios, que le decía: "Tu eres mi hijo, a quien yo quiero mucho; y yo me siento orgulloso de ser tu Padre" (Mc 01:11); y es ésta la buena noticia que de labios de él nosotros hemos escuchado.
Como "cada día le pasa al siguiente la noticia, y cada noche le da la información a la que sigue" (S 019:02), así cada generación entrega la herencia a la que llega.  Y esta herencia ante todo es la expresión cultural del sentido de la vida.
Si a nosotros se nos ha dicho con hechos que tanto somos cuanto valemos y que tanto valemos cuanto tenemos, y si sabemos que se nos ha engañado y no queremos cerrarnos en nuestra ceguera, a los que siguen hemos de comunicar, antes con hechos que con palabras, la buena y auténtica noticia: De nosotros el joven necesita sentir que es nuestro hijo y lo queremos mucho, y que estamos orgullosos de ser sus padres.
Esto, cuando se dice con los hechos, no puede falsificarse, y sólo puede nacer de un corazón configurado con el de Jesús, hermano nuestro, que no vaciló en llamarnos "hijos suyos" (Jn13:33).
Y esta transparencia de nuestro corazón hacia los jóvenes propiciará su crecimiento fuerte, que, crecientemente libre de todo vicio (y desde luego del más nefasto de ellos), fructificará en las obras de solidaridad que el Reino pide y hacia las que el Espíritu impele; y lo de menos será que se explicite o no de quién es esta obra (que Dios lo que quiere es que sus hijos coman, y le importa muy poco que le den los créditos de ello).
Lo más opuesto a ello sería, por el contrario, arrojar sobre los hombros de los jóvenes cargas a las que ni un dedo arrimamos (Lc 11:46), o hacer prosélitos para esclavizar a requisitos y leyes a quienes Cristo ha liberado con su Espíritu (Ga 03:05).
4. Esta nota no tiene más valor que el de la sinceridad con que está escrita; pero podría documentarse con una sola cita, a la que remito a los lectores: la de la declaración íntegra "Dignitatis Humanae", del Vaticano II, demasiado clarividente y claridicente, pero también demasiado poco leída y menos todavía practicada.
Félix Palencia, sI