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Texto de Félix Palencia sI, para la Colección Conchas Azules
En diciembre de 1684, el padre Kino, en expedición desde San Bruno, tramontó con el almirante Isidro de Atondo y Antillón la Sierra la Giganta, abrupta sierra dorsal de la Baja California, para llegar al Mar del Sur, nuestro Pacífico. Por el estero que bebe de los arroyos de San Gregorio y la Purísima, en las mismas latitudes que Loreto, encontraron grandes conchas de variado colorido. Kino fijó atención y memoria en las azules, que nunca había visto en otro sitio.
Quince años después, descubriendo tierras y hermanos por el desemboque del gila al Colorado, fue obsequiado de conchas azules por los yumas. Y, sólo de camino ya a Dolores –así lo narra él– “se me ofreció que dichas conchas azules serían de la contracosta de la California y del Mar del Sur, y que por donde ellas habían venido de allá para acá, nosotros podríamos pasar para allá y a la California. Y desde entonces dejé la fábrica del barco, que en Caborca construía con ilusión.
Al otro año, 1700, en abril y en San Xavier del Bac, llegados del ocaso algunos sobaipuris, envió propios hacia el oriente, el norte, el poniente y el noroeste, a llamar a jefes pimas, ópatas y cocomaricopas, que le informasen si las conchas azules podrían venir de otras partes que no de la contracosta californiana.
El 1° de mayo se presentaron los occidentales y charlaron con él gran parte de la noche sobre la eterna salvación de sus naciones, “juntamente con continuos exámenes acerca de las conchas azules que traían del noroeste y de los yumas y cutganes”. Con lo oído, confirmó Kino sus sospechas.
Todo lo miraba con el corazón, y lo sentía y lo saboreaba internamente. El fuego que en él ardía lo iluminaba, y sabía bien a dónde iba. La primera impresión y la curiosidad ante unas conchas azules, tardó en florecer unos quince años, y dar fruto varios más. Pero, para ello, hubo de quemar su nave, apenas aún en plena construcción…
Por todos lados, y aún por medios electrónicos, todos los días vemos muchas cosas. Entre ellas, Zacarías Páez pone ante nuestros ojos nuevas conchas azules, que no en cualquier lado hemos mirado. Las que vio Kino, siguen dando fruto.
¿Qué fruto tendrá nuestro mirar, sentir y saborear estas nuevas conchas azules que, por cierto, tienen que ver mucho con ellas?
Hombre de carne y hueso
Lo más grande del padre Kino es que fue hombre de carne y hueso, sí, pero también de manos, de corazón y de cerebro.
En otro siglo y otros climas, en 1645, probablemente en el verano, nació en un caserío mínimo de un vallecillo perdido entre los Alpes, frontero entre dos culturas europeas.
Nació bebé, como cada uno de nosotros. Su crecer hasta los enormes tamaños que alcanzó, fue obra laboriosa y ardua. La naturaleza le dio nacer homínido, su sociedad y su cultura le ofrecieron lienzo, líneas y colores; pero quienes lo ayudaron a hacerse humano fueron aquellos que le dieron su estima, su confianza y su cariño: su familia, los jesuitas, los indígenas…
Kino se hizo a sí mismo, atendiendo a su sentir, su pensar y su anhelar, y haciéndose libre, más allá de su bienestar y sus anteojos.
Su brújula y su sueño fue dar a todos lo mismo que él vivía. Se esmeró en ser honesto, leal y cordial con sus amigos y enemigos que, mientras lo acariciaba el Sol o le parpadeaban las estrellas, ocupaban su corazón y estaban en su mente… Bien merece Eusebio Francisco Kino ser proclamado Padre y maestro de Sonora. También Sonora lo merece.
Hombre de viajes y destino
Segno, Trento, Innsbruck, Ingolstad; Génova, Cádiz, Sevilla, Veracruz, México, Guadalajara, Chacala, La Paz, San Bruno, Acapulco: muchas leguas y semanas llevaba ya de tierra y mar Eusebio Kino cuando se adentró en tierras sonorenses.
Más allá de Cucurpe, la misión extrema al noroeste, se le asignó fraguar la de Dolores, a la que una y otra vez regresaba a rehacerse de sus viajes.
Viajar era su destino; pero viajaba con destino. Sabía a dónde iba a qué iba; a donde hubiera alguien a quien pudiera dar la mano. Regalaba ante todo su amistad; invitaba luego a una vida más humana, y ofrecía al fin su fe y su Dios.
Viajó mucho Eusebio Kino, nunca fue “turista”; realizó grandes empresas, pero nunca fue “empresario”; dispuso de autoridad moral y mando, pero nunca fue “político”; manejó grandes riquezas, pero jamás creyó que algo de ellas fuera suya: todo eso, como también la sed, la enfermedad o la calumnia. Fue para el favor del cielo, recibido de Dios en beneficio de los pimas, sus hermanos.
Aún hoy, es sonorense el viajar mucho. El nuestro sea como el de Kino quien el 15 de marzo de 1711, desde Magdalena partió con gran paz en su viaje último.
Hombre de sol y fuego, Misión de Cocóspera.
Para Kino, hombre de sol y fuego, no fueron adversos por amados, los desiertos de Sonora. Portador él de un nuevo sol, los navegaba alegre, por llevar una luz nueva a hermanos a hermanos que aún no conocía, y por encender en sus corazones el fuego nuevo que ardía, y por encender en sus corazones el fuego nuevo que ardía en el suyo propio.
Inalcanzables horizontes, calcinante arena, resequedad y sed, como tampoco lluvias tormentosas o extremos fríos, nada de eso detenía su cabalgar: su corazón se había incendiado en los Ejercicios de Ignacio de Loyola, y había recibido el favor celestial de saberse amado por Jesús, hombre de hijo de Dios.
Por eso, amaba a Dios y amaba al hombre, y servía a Dios sirviendo al hombre, y surcaba mares de arena por hacer efectivo este servicio.
La huella de su caminar son hoy los caminos de Sonora y Arizona, y su sol y su fuego nos iluminan y queman todavía.
Hombre de mar y cielo, Misión de San Ignacio.
Kino, hombre de mar y cielo, atravesó cordilleras y océanos por construir el cielo en nuestras tierras. Numerosos templos, muchos de ellos hoy en ruinas, atestiguan su intento.
Fue el templo el corazón de la Misión. Pero el cielo no era él. Era el cielo la convivencia pacífica y feliz de los habitantes de la Alta Pimería.
La Misión los protegía de la avaricia de mineros y hacendarios, y en ella aprendían a sembrar y cosechar, a construir y a dialogar, a cantar y a convivir. Y, ante todo, a respetarse y a estimarse todos como iguales, como sentían y comprendían que Kino los estimulaba y respetaba.
Sonora conserva hoy su misión la de seguir haciendo cielo en igualdad y libertad, en trabajo y dignidad, en paz, en diálogo, en amor y solidaridad. La de que anide la felicidad en cada corazón y en cada hogar.
Hombre de ciencia y sabiduría.
Estudioso desde niño, Europa nos entregó a un Kino astrónomo, matemático y cartógrafo, que aprovechó la larga espera en España para hacer amigos y aprender el castellano. La vida le fue pidiendo y dando después otros saberes: agronomía y zootecnia, albañilería y pedagogía, administración y aún diplomacia.
Su primer saber lo recibió en su hogar, en la enfermedad, en la reflexión y en la oración. Y llegó a ser verdaderamente sabio, con la sabiduría recibida de Jesús: Compañero de él, Kino supo de energía y delicadeza, de audacia y de paciencia, de defensa y de perdón, de tenacidad y adaptación, de eficiencia y de ternura.
Y compartió sus sueños y sus luchas con otros compañeros cuando la regia autoridad arrestó y desterró a los jesuitas de Sonora abandonaron casi una cuarentena de misiones y comarcas y pueblos hoy, donde la bonhomía de quienes los habitan son la mejor recompensa a esos jesuitas.
Hombre de esperanza y de futuro.
Entrevió Kino, hombre de esperanza y de futuro, el Sonora que hemos heredado y que estamos llamados a construir. En su parroquia de Dolores, al igual que a medio Pinacate, fue consciente de los recursos de estas tierras, el más valioso de ellos, su gente.
Se empeñó en hallar el paso por tierra a California quería facilitar el envío de ganado y provisiones a la vez que tutelar el riesgoso comercio con el Lejano Oriente. Y tuvo en mente la importancia de Sonora y Arizona como entrecruce de dos mundos y culturas que apenas se forjaban.
Cuando fue preciso, acudió en persona y por escrito a virreyes, audiencias y arzobispos, para defender los derechos del indígena y del débil; y puso sus conocimientos astronómicos y geográficos al servicio de las generaciones por venir, trazando para ellas los primeros mapas de Sonora.
A tres siglos de distancia, edificios, calles y plazas de Sonora no son quizá como él imaginara. Sin embargo, su nombre se lee en muchas de ellas, y su estatua no está ausente. Pero menos ausente está su recuerdo vivo., que invita a seguir construyendo la esperanza de un mejor futuro para todos.
Texto tomado del sitio: http://fundacionkino.blogspot.mx/p/videos.html
Programa educativo del jesuita - Eusebio Francisco Kino
Félix Palencia
“La educación es obra conjunta de la autoridad y del cariño,
pero cojea menos por la falta de autoridad que por la falta de cariño.”
(Enrique Gutiérrez Martín del Campo, mexicano educador jesuita del siglo XX)
pero cojea menos por la falta de autoridad que por la falta de cariño.”
(Enrique Gutiérrez Martín del Campo, mexicano educador jesuita del siglo XX)
Los renglones siguientes pretenden ser un resumen actualizado del libro VIII de la obra que Eusebio Francisco Kino escribió tras la muerte, en la semana santa de 1695, en Caborca, del padre Francisco Javier Saeta, jesuita como Kino.
Saeta, misionero joven enviado a Sonora como apoyo a Kino, fue muerto a los pocos meses de su llegada, y Kino propone su propio ‘programa educativo’ como el fruto de sus diálogos con él. Pero, en realidad, se trata de una especie de ‘instructivo’ de un misionero experto a uno novato.
El verdadero educador
• Un educador es quien no tiene otro interés que el educar, y a quien todo lo demás le resulta secundario. Por eso, su sueño y su esperanza única es la educación, y no pretende sacar de ella ningún provecho o lucro propio.
• Todo el éxito de la educación depende del amor, con el que se ganan los ánimos de los educandos y se superan todos los problemas. Y, al contrario, el rigor y la violencia la echan a perder completamente.
• Habiendo amor, la primera meta es “ganarse a los que se ha de educar”, para lo que puede ayudar el regalarles cosas sencillas y no caras que les agraden y les sirvan (como tal vez un paseo).
• La vida de quien educa no es algo codiciable o fácil, pues no produce riquezas, y pide mucho trabajo, paciencia y sacrificio; pero sí regala insospechables consuelos y alegrías.
“No se educa estando sentado en una silla”, sino muchas veces “en el suelo o en una piedra.”
Menos aún con amenazas, sino con mucha comprensión, para ponerse en lugar del educando, soportando la falta de atención de él y de obediencia, sobre todo a los comienzos; y esto se logra sólo aceptando y perdonando humillaciones, ofensas y aun ataques, que es lo que madura a quien educa.
La falsa educación
No conviene recurrir a castigos, que más que ayudar, pueden echar a perder todo al producir resentimientos, miedos y distanciamientos, no sólo en los castigados sino entre sus compañeros todos.
• El castigo se aplica muchas veces a los menos culpables, y ellos, al sentirlo así, reciben mucho daño, lo que hace casi imposible cualquier educación y ocasiona daños permanentes.
• Lo mismo daña enormemente cualquier tipo de mentira o engaño que una promesa no cumplida.
• El único recurso válido a la fuerza o la violencia puede ser el de emplearla en defensa de los más débiles, a quienes a veces sus compañeros más aceptados, más ricos, más listos o más fuertes, humillan o maltratan.
Temperamento y vocación
• Para educar se requiere especial temperamento y vocación, que suponen cariño e ingenio educativo, más importantes que los estudios o los títulos o cualquier otra cualidad. Quien siente a los educandos como una carga o molestia, es incapaz de ser educador, aun si sólo siente así para los más difíciles: si no los ama, todo serán dificultades para él, y daño sin ningún provecho para ellos.
A las objeciones que a esto se propongan se puede responder que, en el fondo, Dios es quien educa a cada uno de sus hijos, y que él acompañará siempre y ayudará a quien de veras se dedica a ello, y cuidará de darle lo que vaya requiriendo, mucho más allá de lo que el educador pueda imaginar.
Muchas veces, el educador no es muy estimado o retribuido socialmente, pero de una verdadera educación depende, más que de cualquier otra cosa, la construcción de un mejor futuro para un pueblo o nación, como lo atestigua el recuerdo por generaciones de educadores que en verdad lo fueron.
El verdadero educador
• Un educador es quien no tiene otro interés que el educar, y a quien todo lo demás le resulta secundario. Por eso, su sueño y su esperanza única es la educación, y no pretende sacar de ella ningún provecho o lucro propio.
• Todo el éxito de la educación depende del amor, con el que se ganan los ánimos de los educandos y se superan todos los problemas. Y, al contrario, el rigor y la violencia la echan a perder completamente.
• Habiendo amor, la primera meta es “ganarse a los que se ha de educar”, para lo que puede ayudar el regalarles cosas sencillas y no caras que les agraden y les sirvan (como tal vez un paseo).
• La vida de quien educa no es algo codiciable o fácil, pues no produce riquezas, y pide mucho trabajo, paciencia y sacrificio; pero sí regala insospechables consuelos y alegrías.
“No se educa estando sentado en una silla”, sino muchas veces “en el suelo o en una piedra.”
Menos aún con amenazas, sino con mucha comprensión, para ponerse en lugar del educando, soportando la falta de atención de él y de obediencia, sobre todo a los comienzos; y esto se logra sólo aceptando y perdonando humillaciones, ofensas y aun ataques, que es lo que madura a quien educa.
La falsa educación
No conviene recurrir a castigos, que más que ayudar, pueden echar a perder todo al producir resentimientos, miedos y distanciamientos, no sólo en los castigados sino entre sus compañeros todos.
• El castigo se aplica muchas veces a los menos culpables, y ellos, al sentirlo así, reciben mucho daño, lo que hace casi imposible cualquier educación y ocasiona daños permanentes.
• Lo mismo daña enormemente cualquier tipo de mentira o engaño que una promesa no cumplida.
• El único recurso válido a la fuerza o la violencia puede ser el de emplearla en defensa de los más débiles, a quienes a veces sus compañeros más aceptados, más ricos, más listos o más fuertes, humillan o maltratan.
Temperamento y vocación
• Para educar se requiere especial temperamento y vocación, que suponen cariño e ingenio educativo, más importantes que los estudios o los títulos o cualquier otra cualidad. Quien siente a los educandos como una carga o molestia, es incapaz de ser educador, aun si sólo siente así para los más difíciles: si no los ama, todo serán dificultades para él, y daño sin ningún provecho para ellos.
A las objeciones que a esto se propongan se puede responder que, en el fondo, Dios es quien educa a cada uno de sus hijos, y que él acompañará siempre y ayudará a quien de veras se dedica a ello, y cuidará de darle lo que vaya requiriendo, mucho más allá de lo que el educador pueda imaginar.
Muchas veces, el educador no es muy estimado o retribuido socialmente, pero de una verdadera educación depende, más que de cualquier otra cosa, la construcción de un mejor futuro para un pueblo o nación, como lo atestigua el recuerdo por generaciones de educadores que en verdad lo fueron.
La educación de los renuentes
• La atención de quien educa ha de ser esmerada para con los casos más difíciles:
La educación se compara con el domar potros cerreros, mucho más difícil que montar caballos mansos: requiere de mucha paciencia y mucha maña, y, aun con ellas, da diversos resultados y supone trabajos disparejos. Pero, precisamente, los potros más broncos y rebeldes, para los que más maña y paciencia se requiere, suelen ser luego las mejores cabalgaduras: las más valientes, más leales y más fuertes.
Los educandos suelen comunicarse todo unos a otros, y platicarse unos a otros todo lo que saben o piensan de quienes los educan. También por eso hay que tener mucho cuidado en no ofenderlos, pues todos quieren saber cualquier cosa de sus educadores, y los etiquetan, y corren la buena o mala fama de ellos mucho más allá de su propio grupo, cosa que puede hacer mucho provecho o mucho daño a mucha gente.
Los medios educativos
En resumen, los medios más educativos que hay son los siguientes:
• El amor, presencia y reflejo del mejor educador, que es Dios mismo.
• La propia reflexión sobre lo que uno hace o valora, que será lo que en verdad un educador transmita; atendiendo especialmente a sus más íntimas intenciones y deseos. Para ello, puede ayudar la reflexión en grupo de educadores o de amigos, que facilita el desenmascararse uno a sí mismo.
• El trabajo y en primer lugar el esfuerzo por conocer de cerca a los educandos, colaborando con ellos en lo que a ellos les interesa o gusta, y encontrando en ello la mejor forma de descanso.
• La congruencia y buen ejemplo, que dice más que todas las palabras.
• La paciencia y tolerancia, sobre todo con los más renuentes o más débiles, comprendiendo y valorando lo difícil que es el propio educarse, sobre todo a los comienzos, sin por eso dejar de plantear nuevas exigencias u oportunidades quien pueda ya afrontarlas.
• La confianza y la fe en los demás y en uno mismo, fundamento de todos los medios anteriores.
La motivación
Lo que motiva a un verdadero educador es su conciencia de estar colaborando en la mejor tarea posible: la de construir un mundo mejor y más humano. Sepa, por tanto, que educar es más importante que cualquier otra actividad humana, como pueden ser las de gobernar, curar enfermedades o producir y repartir alimentos; y ni siquiera la enseñanza en escuelas superiores es comparable a la primera educación, pues de ésta depende que aquélla sirva de algo y la universidad toda y los esfuerzos todos de la sociedad no tienen otra auténtica razón de ser que el ayudar a crecer a los más débiles.
Por último, dado que toda vida humana lleva consigo trabajo y sufrimiento, no pueden tener mejor sentido éstos que el dedicarlos a construir, educando, una vida más humana para todos.
Resumen
El “método educativo de Kino” explicitado en su libro Favores Celestiales, puede resumirse en tres momentos:
-Ofrecer amistad leal y confiada
• Invitar a conocer niveles de vida más humanos realizables y apoyar a quienes deseen crecer a ellos
• Quien lo desee, explicitarle los valores y motivos que hacen la vida más humana.
*La obra citada fue editada por Editorial Jus, de México, en 1961, y reeditada por el Instituto Sonorense de Cultura, en Hermosillo, Son., en 2001, con el título Vida del P. Francisco J. Saeta, S.J. - Sangre misionera en Sonora.
Texto tomado de "Revista Universidad Kino" Año I, Número 3, Verano 2014.
Eusebio Francisco Kino
Lo que sigue es la presentación de un libro. Lo releí hoy, y juzgué que a alguien pudiera interesar. Anoto sólo, para lectores foráneos, que guacho llaman aquí a quienquiera no sea sonorense, que la Unisón es la Universidad de Sonora (en uno de cuyos auditorios fue presentado el libro), con cuyo lema cierro esta nota presentativa.
EUSEBIO FRANCISCO KINO, sI
Los Confines de la Cristiandad
Hermosillo, Son., 24 de abril de 2002
Félix Palencia, sI
0. Me llaman Félix, y soy guacho. Nací en la ciudad de México, de la pareja Palencia-Gómez, cuando presidía el País Lázaro Cárdenas.
Estudié con los jesuitas, y dejé 1º de Ingeniería para hacerme, yo también, jesuita. Así, desde muchacho oí hablar de Eusebio Kino.
Soy cura desde el año que siguió al 68. Como Kino, me formé en los Ejercicios de Ignacio de Loyola, y estudié, como él, las Humanidades, la Filosofía y la Teología. Fui maestro de Matemáticas y Física, y de Teología y Filosofía. De ésta ahora doy clases en el seminario de Hermosillo.
Mucho de mi vida lo he pasado sentado, pero nunca me he asentado: De maestro pasé a obrero, fui luego plomero y albañil, y por años me acompañé con los internos de la pinta de Tijuana y los colonos de las Islas Marías.
Vivo en el Cerro de la Campana, atiendo la Parroquia Universitaria, y gozo de la amistad profunda de excelentes sonorenses.
1. Amigo del promotor y prologuista de la traducción que presentamos, en cuanto pude compré el libro, que hoy releo. Me atrevo a hablar de él -más del biografiado que de la biografía-, por el cariño que le tengo, y porque creo conocer su intimidad, por ser la mía... Y por ser, además, hoy por hoy, el único jesuita aquí en Sonora.
Todo sonorense sabe algo de Kino: el matemático y astrónomo, el agrónomo y zootécnico, el explorador y cartógrafo, el ingeniero y constructor, el lingüista, el educador, el escritor e historiador y aun el gestor y el diplomático.
Yo puedo, sin embargo, hablarles algo del jesuita.
2. ¿Qué había en el corazón de Kino? ¿De dónde aquel hombre, tan humano como cualquiera de nosotros, sacaba su tenacidad y valentía, su paciencia y su esperanza, su capacidad de recuperación y su habilidad negociadora?; ¿de dónde su optimismo y fidelidad inquebrantables, y de dónde su ilimitada benevolencia hacia los pimas?
¿Cómo convivían en él la ciencia y la estrategia con la fe y la religión? ¿Cómo la iniciativa y la obediencia; la tradición y el futurismo; la minuciosidad y las grandes perspectivas?; ¿cómo la audacia con la prudencia; la terquedad y claridad de miras con la transigencia y tolerancia; la intelectualidad y la contemplación con la reciedumbre física y la practicidad multifacética? ¿Qué había en él, que le ganaba la confianza de yaquis, seris, pimas y ópatas, como también de capitanes, almirantes, obispos y virreyes?
3. A través de sus Favores Celestiales, a tres siglos de distancia, podemos encontrar a Kino hoy en su parroquia de Dolores: Hace 15 días, el 7 de abril del 1702, regresó de un viaje de dos meses. Tiene sobre la mesa, fechada el 8, su larga carta al padre Visitador de las Misiones.
3.1 Por ella se asoma el corazón del explorador y misionero. Bolton presenta en sus Confines un resumen de ella (p 591) con siete razones y argumentos claros que establecen la certidumbre del paso por tierra a California. Atiendo, leyendo la carta, a algunas de ellas:Así lo vi el 9 de octubre de 1698 desde el cercano alto cerro de Santa Clara.
El [pasado] 11 de marzo, estando diciendo misa en el desemboque del río Colorado, me salía el sol por encima de más de 30 leguas de mar del remate de este seno califórnico, y al poniente teníamos a la vista más de 30 leguas de tierra continuada, y otras tantas al sud, y muchas más al norte.
Los naturales más cercanos a ese desemboque nos dieron noticias de Loreto Concho, y de la comida de los indios guimies y edues, y que los del poniente tenían conchas azules; noticias todas que, desde que estuve allí y viví con ellos, me constaba eran verídicas.
Pusieron la California península los mapas antiguos y algunos modernos, como el de mi maestro jesuita de Matemáticas en la Universidad de Ingolstad.
Para Kino, pues, es isla y no penisla, porque así la vio de lejos, porque estuvo en el extremo de aquel golfo, porque llegan a pie hasta el Continente los indios de la Baja, y porque así estaba en el mapa de su profesor de Matemáticas. ¡Hermosa combinación de persuasiones empíricas, deductivas y afectivas!
3.2. Inicia su carta Kino diciendo que se enteró de que lo habían dado por muerto en el río Gila, y aun le habían dicho las misas y sufragios. Y aclara que el día de su supuesta muerte dijo misa en la afluencia del Gila al Colorado; y aunque no pasamos estos ríos, nos vinieron a ver, pasándolo a nado, como cuatro mil almas de muy amables, dóciles y amigables indios, que recibieron con tanto aprecio la palabra de Dios, que ya me daban muchos párvulos a bautizar. No los bauticé ni a otros muchos adultos que me lo pedían, pues les era necesaria primero la instructiva; con lo que ocho destos adultos han venido a instruirse aquí en Dolores, caminando a ese fin más de 200 leguas.
A renglón seguido, da razón del jesuita compañero: Aunque de ida y de vuelta muy enfermo de sus penosos cursos y almorranas, dio a los naturales muchas dádivas y aun gran parte de su propio vestuario y ropa blanca.
Y prosigue: Nos han ayudado mucho los buenos guías e intérpretes pimas y yumas, y también las varias estanzuelas de ganado mayor y menor y caballada de este partido, que hemos hallado en diferentes partes, en particular en San Marcelo de Sonoíta; de donde será fácil pase más adelante hasta la California, pues los naturales son tan leales, que, habiéndoseme perdido unas cabalgaduras en la entrada antecedente, ahora las hallé que me las habían recogido y cuidado con toda fineza.
Resumen: el jocoso incidente de que lo habían ya cafeteado, la enfermedad y generosidad de su colega, la ilusión por dar apoyo a California y el afectuoso elogio de sus pimas: El buen humor del italiano y legendario Kino, y su entrañable cariño para sus misionados y sus comisioneros.
3.3. Pondera luego y agradece las cartas de sus superiores jesuitas (el general, y el provincial de México), y sigue con una idea de la prosperidad material de las misiones de la Alta Pimería, medios temporales para el remedio de tantas almas y tantas nuevas naciones, habidos ya, gracias al Señor:
Más de tres mil quinientas reses, algunas ya muy adentro, que con facilidad, con la gracia divina, podrán pasar a las Californias Alta y Baja; muchos trigos y muchos maíces, frijol, y otras semillas, y todo género de hortalizas y legumbres y árboles frutales; viñas, molino de agua, recuas, labores, boyada, tierras y caminos llanos; hermosos valles, lindos ríos, abundantes pastos y buenas maderas para fábricas, y tierras minerales.
Y añade que el temple de estas tierras es algo semejante al de México y al mejor de Europa, sin excesivo calor y sin excesivo frío. Y más: que se podrá comerciar por mar y por tierra con otras cercanas y remotas provincias y naciones y reinos: con Sonora, Hiaqui, Sinaloa, Culiacán y toda la Nueva Galicia; y la Vizcaya, con Moqui y con el Nuevo México, y aun con la Nueva Francia.
3.4. Y concluye presentando, in crescendo, los esperados frutos de su obra misional: el incremento de los dominios del Rey nuestro señor; la protección de las provincias interiores de la Nueva España; la demitificación de más de una leyenda y el conocimiento objetivo de la superficie terrestre, con la apertura de nuevas rutas hacia la Europa y hacia la China y el Japón, y la protección y abreviación de la ruta comercial de Filipinas; el cumplimiento del encargo evangelizador del Rey de España, con la probable recompensa económica divina para la Corona, y el crecimiento de la Iglesia y la gloria de Dios, en la unificación de la humanidad bajo un único Pastor.
No leemos, pues, sólo al científico que asienta la peninsularidad de la Baja California; también al hombre consciente de su trascendental misión, a la que encamina razonamiento y corazón, y sabedor nada ingenuo de las motivaciones no siempre tan puras de los poderosos.
4. Los Confines narran ampliamente la gigantesca obra de Kino, y la penetran hasta la profundidad de tan gran hombre.., tanto, que el biografiado mismo se desconocería:
4.1. El gran Kino en sus adentros se sabía tan sólo un pecador e inútil siervo, por un favor celestial llamado a ser compañero de Jesús y miembro de su Compañía, y acompañado siempre por él, como en su parroquia de Dolores, así a lo largo de las más audaces y dilatadas exploraciones que emprendiera.
Esto era el corazón de Kino: el de un jesuita, un compañero de Jesús. Era el resultado de una larga formación, iniciada en su adolescencia en colegios de jesuitas, afianzada desde su ingreso al noviciado a los 20 años y confirmada por su admisión plena en la Compañía a los 33.
Alma y estructura de ella fueron indubitablemente los ejercicios de Ignacio de Loyola, vividos por Eusebio al inicio y al término de su preparación jesuita, y presentes a diario en su vida hasta que la entregó a Dios en Magdalena, a los 56 años cumplidos.
Formado en ellos, Kino no pretendió para sí grandes hazañas ni reciedumbre de personalidad. Sencillamente quiso servir al Dios que incondicionalmente lo amaba, y sabía que, acompañando a Jesús, ese servicio no podía ser otro que amar a todos los humanos, con especial preferencia por los más amenazados, y entregarse plenamente a ellos, apoyándolos en su esfuerzo cotidiano por ser libres y por vivir su propia dignidad.
4.2. Por eso, para Kino favores celestiales eran la amistad de guaycuros y de pimas, como los arribos a puerto o las tempestades en el Golfo; la sequedad y el ardor del Pinacate, o los aguajes, flores y animales que el mismo le brindaba; las vendimias y cosechas de Caborca o Magdalena, los becerros o potrillos paridos en Tucsón o en Sonoíta, los mapas esmerados y las cactáceas retratadas, las mediciones astronómicas, las campanas de los templos, las imágenes sagradas, los bautismos y las paces pactadas entre grupos indígenas adversos.
Todo para él era a la vez favor celestial y tarea humana, y se desvivía por descubrir a Dios en todas sus creaturas y por amarlo y servirlo en todas ellas, sin encontrar a su vivir y desvivirse otro sentido que este amor y este servicio.
Por sentir internamente todas las cosas, sucesos y personas como dones de Dios, gratuitos favores celestiales, lo fueron para él los ríos Gila y Colorado y el paso terrestre entre Sonora y California; lo fue el espigar del trigo y el racimar de las vides; pero, sobre todos, la amistad que le entregaron los indígenas, que con cruces lo buscaban aspirando por una vida más humana, y, consecuencia de ella, las misiones, con su templo, sus sementeras, sus ganados, su casa misional y las casas de los indios, que, enseñados por él, con sus propias manos construían.
4.3. Dios era para Kino el Padre bueno, que ponía a su disposición todas las cosas para que él las mostrara a los demás precisamente como regalos cariñosos de ese Padre para todos los hermanos.
Su alimento, pues, fue la gratitud: Vivió sumergido en una contemplación activa de cuanto lo rodeaba: el agua potable escondida en los aguajes pedregosos, las cimas de las montañas escaladas y las hermosísimas bahías contempladas o surcadas.
4.4. Vivía en Kino el Espíritu de Dios y de Jesús, espíritu de verdad, de amor, de trabajo, de servicio, de fidelidad y fortaleza; y convivivía con la combinación encantadora de la piedad popular centroeuropea diecisietesca y la seriedad científica del matemático y cosmógrafo.
Por eso, por lo que traía en su corazón, pudo ver lo que otros no veían: un corazón como el de él en los pimas de la Alta Pimería.
Kino se sabe heredero de larga tradición, y da nombres de vírgenes y santos a bahías, islas, montes, ríos y aldeas que el explorador fue descubriendo, y a misiones o visitas fundadas por el incansable misionero: el que celebra la misa cada día, la fiesta de la gratitud cristiana, aun cuando le supusiera desmadrugarse o desvelarse, o prolongar aún más las ya de por sí larguísimas jornadas.
Es el mismo espíritu el que lo lleva a ocuparse por igual del comercio con las Islas Filipinas que del detalle de las festividades parroquiales, del ornato austero y digno de sus templos, del cantar broncíneo de sus provisionales campanarios y del más noble y armónico de sus indígenas cristianos.
4.5. Ese espíritu soportó tempestades del Seno Califórnico y kilómetros ígneos de piedras y de arenas, así como burocracias y esperas de correos..; y, lo más doloroso, oposiciones continuas y aun intrigas incluso de algunos de sus compañeros.
Nada lo doblegó, porque su gozo era acompañar a su único Señor en su ascender hacia el triunfo del Calvario.
Sus 24 años de noroeste sonorense son la puesta en hechos de su convicción cordial: de su fe y confianza en el Dios que se da gratuitamente a todos y cuya gloria es la vida digna de sus hijos; y –la otra cara– su confianza y fe en esos hijos de Dios, en quienes supo ver siempre los rasgos familiares del rostro del Padre de Jesús, Padre también de todos ellos.
4.6. En otras palabras: Fue lo único suyo su despojo de sí mismo en la total entrega al hombre total, a quien mostró el camino de la vida auténtica, no enclaustrándolo en los rezos, sino enseñándole a optimizar con sus manos los bienes de la creación que Dios le dio y promoviendo relaciones de tolerancia, paz y colaboración entre los grupos humanos a los que se acercaba.
5. Para su andar, Kino portó poco equipaje; pero muy bien escogido: humildad profunda y agradecimiento permanente a Dios, autor de continuos y ubicuos favores celestiales; un crucifijo, alguna imagen y un libro de oraciones; agua y algo de comer, y alguna cosa que sembrar; astrolabio y brújula, y papel y tinta para mapas y registros de sucesos y de objetos. Y, no además de esto, sino precisamente en esto, inquebrantable fe en el ser humano y dedicación no regateada a ayudarlo a humanizarse.
Lo podemos ver, certeramente, a caballo, en Magdalena o aquí mismo. En Tijuana, lo vi en pie, empuñando un arado con la izquierda y un crucifijo con la diestra. Me gustaría verlo en la Unisón trazando mapas, pesando soles o redactando cartas y Favores.
6. Lo he visto, y muchas veces, en lo indómito y servicial de toda y todo sonorense, y lo creo, como de la Compañía de Jesús, también orgullo de Sonora. Y creo en esta Sonora, no bastardo orgullo suyo.
Que el dios mercado y la competencia y fatuidad impuestas por la sociedad que se globaliza y tecnifica no sofoquen lo más valioso de estas tierras: el corazón, la inteligencia y la libertad que de su antepasado indígena heredó y que Kino supo reconocer, respetar y cultivar.
Sobrenadan ellos en Confines, cuya saboreada lectura puede serles salvavidas. Bolton habría de estar en toda biblioteca o librero sonorense; mejor aún, en el buró o junto al sillón de las lecturas más humanizantes y sabrosas.
Sonora es como Kino: sensible, valiente y generosa; y, como él, tiene un destino, para México y para América Latina. Si empeña por él su libertad, el hacer de sus hijos seguirá haciendo su grandeza.
Nota: Artículo extraído del blog "Escritos que hoy quiero compartir", fechado el 27 de Septiembre del 2005.
EUSEBIO FRANCISCO KINO, sI
Los Confines de la Cristiandad
Hermosillo, Son., 24 de abril de 2002
Félix Palencia, sI
0. Me llaman Félix, y soy guacho. Nací en la ciudad de México, de la pareja Palencia-Gómez, cuando presidía el País Lázaro Cárdenas.
Estudié con los jesuitas, y dejé 1º de Ingeniería para hacerme, yo también, jesuita. Así, desde muchacho oí hablar de Eusebio Kino.
Soy cura desde el año que siguió al 68. Como Kino, me formé en los Ejercicios de Ignacio de Loyola, y estudié, como él, las Humanidades, la Filosofía y la Teología. Fui maestro de Matemáticas y Física, y de Teología y Filosofía. De ésta ahora doy clases en el seminario de Hermosillo.
Mucho de mi vida lo he pasado sentado, pero nunca me he asentado: De maestro pasé a obrero, fui luego plomero y albañil, y por años me acompañé con los internos de la pinta de Tijuana y los colonos de las Islas Marías.
Vivo en el Cerro de la Campana, atiendo la Parroquia Universitaria, y gozo de la amistad profunda de excelentes sonorenses.
1. Amigo del promotor y prologuista de la traducción que presentamos, en cuanto pude compré el libro, que hoy releo. Me atrevo a hablar de él -más del biografiado que de la biografía-, por el cariño que le tengo, y porque creo conocer su intimidad, por ser la mía... Y por ser, además, hoy por hoy, el único jesuita aquí en Sonora.
Todo sonorense sabe algo de Kino: el matemático y astrónomo, el agrónomo y zootécnico, el explorador y cartógrafo, el ingeniero y constructor, el lingüista, el educador, el escritor e historiador y aun el gestor y el diplomático.
Yo puedo, sin embargo, hablarles algo del jesuita.
2. ¿Qué había en el corazón de Kino? ¿De dónde aquel hombre, tan humano como cualquiera de nosotros, sacaba su tenacidad y valentía, su paciencia y su esperanza, su capacidad de recuperación y su habilidad negociadora?; ¿de dónde su optimismo y fidelidad inquebrantables, y de dónde su ilimitada benevolencia hacia los pimas?
¿Cómo convivían en él la ciencia y la estrategia con la fe y la religión? ¿Cómo la iniciativa y la obediencia; la tradición y el futurismo; la minuciosidad y las grandes perspectivas?; ¿cómo la audacia con la prudencia; la terquedad y claridad de miras con la transigencia y tolerancia; la intelectualidad y la contemplación con la reciedumbre física y la practicidad multifacética? ¿Qué había en él, que le ganaba la confianza de yaquis, seris, pimas y ópatas, como también de capitanes, almirantes, obispos y virreyes?
3. A través de sus Favores Celestiales, a tres siglos de distancia, podemos encontrar a Kino hoy en su parroquia de Dolores: Hace 15 días, el 7 de abril del 1702, regresó de un viaje de dos meses. Tiene sobre la mesa, fechada el 8, su larga carta al padre Visitador de las Misiones.
3.1 Por ella se asoma el corazón del explorador y misionero. Bolton presenta en sus Confines un resumen de ella (p 591) con siete razones y argumentos claros que establecen la certidumbre del paso por tierra a California. Atiendo, leyendo la carta, a algunas de ellas:Así lo vi el 9 de octubre de 1698 desde el cercano alto cerro de Santa Clara.
El [pasado] 11 de marzo, estando diciendo misa en el desemboque del río Colorado, me salía el sol por encima de más de 30 leguas de mar del remate de este seno califórnico, y al poniente teníamos a la vista más de 30 leguas de tierra continuada, y otras tantas al sud, y muchas más al norte.
Los naturales más cercanos a ese desemboque nos dieron noticias de Loreto Concho, y de la comida de los indios guimies y edues, y que los del poniente tenían conchas azules; noticias todas que, desde que estuve allí y viví con ellos, me constaba eran verídicas.
Pusieron la California península los mapas antiguos y algunos modernos, como el de mi maestro jesuita de Matemáticas en la Universidad de Ingolstad.
Para Kino, pues, es isla y no penisla, porque así la vio de lejos, porque estuvo en el extremo de aquel golfo, porque llegan a pie hasta el Continente los indios de la Baja, y porque así estaba en el mapa de su profesor de Matemáticas. ¡Hermosa combinación de persuasiones empíricas, deductivas y afectivas!
3.2. Inicia su carta Kino diciendo que se enteró de que lo habían dado por muerto en el río Gila, y aun le habían dicho las misas y sufragios. Y aclara que el día de su supuesta muerte dijo misa en la afluencia del Gila al Colorado; y aunque no pasamos estos ríos, nos vinieron a ver, pasándolo a nado, como cuatro mil almas de muy amables, dóciles y amigables indios, que recibieron con tanto aprecio la palabra de Dios, que ya me daban muchos párvulos a bautizar. No los bauticé ni a otros muchos adultos que me lo pedían, pues les era necesaria primero la instructiva; con lo que ocho destos adultos han venido a instruirse aquí en Dolores, caminando a ese fin más de 200 leguas.
A renglón seguido, da razón del jesuita compañero: Aunque de ida y de vuelta muy enfermo de sus penosos cursos y almorranas, dio a los naturales muchas dádivas y aun gran parte de su propio vestuario y ropa blanca.
Y prosigue: Nos han ayudado mucho los buenos guías e intérpretes pimas y yumas, y también las varias estanzuelas de ganado mayor y menor y caballada de este partido, que hemos hallado en diferentes partes, en particular en San Marcelo de Sonoíta; de donde será fácil pase más adelante hasta la California, pues los naturales son tan leales, que, habiéndoseme perdido unas cabalgaduras en la entrada antecedente, ahora las hallé que me las habían recogido y cuidado con toda fineza.
Resumen: el jocoso incidente de que lo habían ya cafeteado, la enfermedad y generosidad de su colega, la ilusión por dar apoyo a California y el afectuoso elogio de sus pimas: El buen humor del italiano y legendario Kino, y su entrañable cariño para sus misionados y sus comisioneros.
3.3. Pondera luego y agradece las cartas de sus superiores jesuitas (el general, y el provincial de México), y sigue con una idea de la prosperidad material de las misiones de la Alta Pimería, medios temporales para el remedio de tantas almas y tantas nuevas naciones, habidos ya, gracias al Señor:
Más de tres mil quinientas reses, algunas ya muy adentro, que con facilidad, con la gracia divina, podrán pasar a las Californias Alta y Baja; muchos trigos y muchos maíces, frijol, y otras semillas, y todo género de hortalizas y legumbres y árboles frutales; viñas, molino de agua, recuas, labores, boyada, tierras y caminos llanos; hermosos valles, lindos ríos, abundantes pastos y buenas maderas para fábricas, y tierras minerales.
Y añade que el temple de estas tierras es algo semejante al de México y al mejor de Europa, sin excesivo calor y sin excesivo frío. Y más: que se podrá comerciar por mar y por tierra con otras cercanas y remotas provincias y naciones y reinos: con Sonora, Hiaqui, Sinaloa, Culiacán y toda la Nueva Galicia; y la Vizcaya, con Moqui y con el Nuevo México, y aun con la Nueva Francia.
3.4. Y concluye presentando, in crescendo, los esperados frutos de su obra misional: el incremento de los dominios del Rey nuestro señor; la protección de las provincias interiores de la Nueva España; la demitificación de más de una leyenda y el conocimiento objetivo de la superficie terrestre, con la apertura de nuevas rutas hacia la Europa y hacia la China y el Japón, y la protección y abreviación de la ruta comercial de Filipinas; el cumplimiento del encargo evangelizador del Rey de España, con la probable recompensa económica divina para la Corona, y el crecimiento de la Iglesia y la gloria de Dios, en la unificación de la humanidad bajo un único Pastor.
No leemos, pues, sólo al científico que asienta la peninsularidad de la Baja California; también al hombre consciente de su trascendental misión, a la que encamina razonamiento y corazón, y sabedor nada ingenuo de las motivaciones no siempre tan puras de los poderosos.
4. Los Confines narran ampliamente la gigantesca obra de Kino, y la penetran hasta la profundidad de tan gran hombre.., tanto, que el biografiado mismo se desconocería:
4.1. El gran Kino en sus adentros se sabía tan sólo un pecador e inútil siervo, por un favor celestial llamado a ser compañero de Jesús y miembro de su Compañía, y acompañado siempre por él, como en su parroquia de Dolores, así a lo largo de las más audaces y dilatadas exploraciones que emprendiera.
Esto era el corazón de Kino: el de un jesuita, un compañero de Jesús. Era el resultado de una larga formación, iniciada en su adolescencia en colegios de jesuitas, afianzada desde su ingreso al noviciado a los 20 años y confirmada por su admisión plena en la Compañía a los 33.
Alma y estructura de ella fueron indubitablemente los ejercicios de Ignacio de Loyola, vividos por Eusebio al inicio y al término de su preparación jesuita, y presentes a diario en su vida hasta que la entregó a Dios en Magdalena, a los 56 años cumplidos.
Formado en ellos, Kino no pretendió para sí grandes hazañas ni reciedumbre de personalidad. Sencillamente quiso servir al Dios que incondicionalmente lo amaba, y sabía que, acompañando a Jesús, ese servicio no podía ser otro que amar a todos los humanos, con especial preferencia por los más amenazados, y entregarse plenamente a ellos, apoyándolos en su esfuerzo cotidiano por ser libres y por vivir su propia dignidad.
4.2. Por eso, para Kino favores celestiales eran la amistad de guaycuros y de pimas, como los arribos a puerto o las tempestades en el Golfo; la sequedad y el ardor del Pinacate, o los aguajes, flores y animales que el mismo le brindaba; las vendimias y cosechas de Caborca o Magdalena, los becerros o potrillos paridos en Tucsón o en Sonoíta, los mapas esmerados y las cactáceas retratadas, las mediciones astronómicas, las campanas de los templos, las imágenes sagradas, los bautismos y las paces pactadas entre grupos indígenas adversos.
Todo para él era a la vez favor celestial y tarea humana, y se desvivía por descubrir a Dios en todas sus creaturas y por amarlo y servirlo en todas ellas, sin encontrar a su vivir y desvivirse otro sentido que este amor y este servicio.
Por sentir internamente todas las cosas, sucesos y personas como dones de Dios, gratuitos favores celestiales, lo fueron para él los ríos Gila y Colorado y el paso terrestre entre Sonora y California; lo fue el espigar del trigo y el racimar de las vides; pero, sobre todos, la amistad que le entregaron los indígenas, que con cruces lo buscaban aspirando por una vida más humana, y, consecuencia de ella, las misiones, con su templo, sus sementeras, sus ganados, su casa misional y las casas de los indios, que, enseñados por él, con sus propias manos construían.
4.3. Dios era para Kino el Padre bueno, que ponía a su disposición todas las cosas para que él las mostrara a los demás precisamente como regalos cariñosos de ese Padre para todos los hermanos.
Su alimento, pues, fue la gratitud: Vivió sumergido en una contemplación activa de cuanto lo rodeaba: el agua potable escondida en los aguajes pedregosos, las cimas de las montañas escaladas y las hermosísimas bahías contempladas o surcadas.
4.4. Vivía en Kino el Espíritu de Dios y de Jesús, espíritu de verdad, de amor, de trabajo, de servicio, de fidelidad y fortaleza; y convivivía con la combinación encantadora de la piedad popular centroeuropea diecisietesca y la seriedad científica del matemático y cosmógrafo.
Por eso, por lo que traía en su corazón, pudo ver lo que otros no veían: un corazón como el de él en los pimas de la Alta Pimería.
Kino se sabe heredero de larga tradición, y da nombres de vírgenes y santos a bahías, islas, montes, ríos y aldeas que el explorador fue descubriendo, y a misiones o visitas fundadas por el incansable misionero: el que celebra la misa cada día, la fiesta de la gratitud cristiana, aun cuando le supusiera desmadrugarse o desvelarse, o prolongar aún más las ya de por sí larguísimas jornadas.
Es el mismo espíritu el que lo lleva a ocuparse por igual del comercio con las Islas Filipinas que del detalle de las festividades parroquiales, del ornato austero y digno de sus templos, del cantar broncíneo de sus provisionales campanarios y del más noble y armónico de sus indígenas cristianos.
4.5. Ese espíritu soportó tempestades del Seno Califórnico y kilómetros ígneos de piedras y de arenas, así como burocracias y esperas de correos..; y, lo más doloroso, oposiciones continuas y aun intrigas incluso de algunos de sus compañeros.
Nada lo doblegó, porque su gozo era acompañar a su único Señor en su ascender hacia el triunfo del Calvario.
Sus 24 años de noroeste sonorense son la puesta en hechos de su convicción cordial: de su fe y confianza en el Dios que se da gratuitamente a todos y cuya gloria es la vida digna de sus hijos; y –la otra cara– su confianza y fe en esos hijos de Dios, en quienes supo ver siempre los rasgos familiares del rostro del Padre de Jesús, Padre también de todos ellos.
4.6. En otras palabras: Fue lo único suyo su despojo de sí mismo en la total entrega al hombre total, a quien mostró el camino de la vida auténtica, no enclaustrándolo en los rezos, sino enseñándole a optimizar con sus manos los bienes de la creación que Dios le dio y promoviendo relaciones de tolerancia, paz y colaboración entre los grupos humanos a los que se acercaba.
5. Para su andar, Kino portó poco equipaje; pero muy bien escogido: humildad profunda y agradecimiento permanente a Dios, autor de continuos y ubicuos favores celestiales; un crucifijo, alguna imagen y un libro de oraciones; agua y algo de comer, y alguna cosa que sembrar; astrolabio y brújula, y papel y tinta para mapas y registros de sucesos y de objetos. Y, no además de esto, sino precisamente en esto, inquebrantable fe en el ser humano y dedicación no regateada a ayudarlo a humanizarse.
Lo podemos ver, certeramente, a caballo, en Magdalena o aquí mismo. En Tijuana, lo vi en pie, empuñando un arado con la izquierda y un crucifijo con la diestra. Me gustaría verlo en la Unisón trazando mapas, pesando soles o redactando cartas y Favores.
6. Lo he visto, y muchas veces, en lo indómito y servicial de toda y todo sonorense, y lo creo, como de la Compañía de Jesús, también orgullo de Sonora. Y creo en esta Sonora, no bastardo orgullo suyo.
Que el dios mercado y la competencia y fatuidad impuestas por la sociedad que se globaliza y tecnifica no sofoquen lo más valioso de estas tierras: el corazón, la inteligencia y la libertad que de su antepasado indígena heredó y que Kino supo reconocer, respetar y cultivar.
Sobrenadan ellos en Confines, cuya saboreada lectura puede serles salvavidas. Bolton habría de estar en toda biblioteca o librero sonorense; mejor aún, en el buró o junto al sillón de las lecturas más humanizantes y sabrosas.
Sonora es como Kino: sensible, valiente y generosa; y, como él, tiene un destino, para México y para América Latina. Si empeña por él su libertad, el hacer de sus hijos seguirá haciendo su grandeza.
Nota: Artículo extraído del blog "Escritos que hoy quiero compartir", fechado el 27 de Septiembre del 2005.
Eusebio Francisco Kino, sI, en el tercer centenario de su renacimiento
Su crecimiento se inició en una familia cristiana de no muchos recursos económicos, en una prestigiada escuela de jesuitas y en las casas de formación en que la Compañía de Jesús prueba y forma a sus reclutas. El resto de su formación como persona lo recibió del Noroeste hoy mexicano: Sonora y la Baja California, y de lo que hoy es el sudoeste de Arizona.
Como jesuita, se inició en los Ejercicios que Ignacio de Loyola compartió con sus contemporáneos. Un grupo de ellos quiso acompañar de cerca a Jesús de Nazareth en el servicio a todos los humanos, y nació de ellos la Compañía de Jesús u orden jesuita.
Así, los jesuitas nacimos en la Iglesia Católica, para cooperar en su misión: servir a la raza única humana, en seguimiento de Jesús. El enseñó que la mejor plenitud humana es la de quien se dedica a construir fraternidad, a que todos en verdad seamos hermanos. En pocas palabras, que nos queramos y ayudemos unos a otros, para crecer juntos hacia una humanidad verdaderamente humana.
Kino se preparó para ello en su natal Europa, y la Compañía lo envió luego a las regiones californiana y pímica. Acá siguió creciendo, hasta convertirse en el gigante cuyo recuerdo hoy festejamos. No vino a lucrar, sino a dar lo mejor suyo: su amistad con los indígenas y su confianza irrevocable en ellos; su saber de lo humano, para darles una vida mejor, y, al fin, sus formulaciones de creyente: de hombre de fe audaz y valiente, imaginativa y soñadora, justiciera y libertaria.
Por más de siglo y medio, de sureste a noroeste, un conjunto de casi trescientos jesuitas forjaron entre el Mayo y el Gila, una patria naciente, incorporada a la entonces Nueva España. Su legado no se reduce a crónicas y mapas. Incluye también mucho del ganado y los cultivos regionales, y, de más valor aún, los vínculos de confianza, colaboración y paz que nos unen a la mayor parte de nosotros.
Formado en la escuela de Ignacio de Loyola, Kino fue siempre innovador y constructivo, consciente de que soluciones antiguas o extranjeras no resuelven problemas del hoy y del aquí.
Fiel a sus amigos californios, quiso compartirles la riqueza de Sonora, abundante por las estancias ganaderas y la siembra irrigada y sistemática de hortalizas, leguminosas, gramíneas y frutales. En busca de rutas alternas, no cejó hasta cruzar el río Colorado y comprobar la vía terrestre a California. Y cabalgó más de una vez a México y varias veces escribió a España y a Roma, solicitando apoyo para la misión que llenaba su vida de sentido.
Hace trescientos años murió el Padre, y a sus compañeros jesuitas se les expulsó del Imperio Español hace casi un cuarto de milenio. Pero el aliento de ellos no ha cesado por completo. Puede resurgir ahora, como reviven las brasas de una hoguera: con una buena venteada y algo más de leña. Todos los sonorenses somos algo de esa leña y ese viento.., pero madera y aire libres, que podríamos dejar al fuego ahogarse entre cenizas.
Como mejor pudo, Kino respondió a las necesidades de su época: Incansable viajero, fue siempre hacia un único destino; exitoso emprendedor, su empresa fue para los pimas; comerciante sagaz, su ganancia fue para quien la necesitara. Llegó a gozar de gran poder, pero todo él fue servicio. Dispuso de muchas riquezas, pero dormía en el suelo, con dos zaleas de borrego por colchón, y por almohada su albarda y su montura. Siempre optimista y soñador, se señaló por su realismo funcional y constructivo...
Fue, en cierta forma, alguien como quizá querríamos ser muchos de nosotros. Pero siempre anheló por salir fuera de sí mismo, por ser con los otros y en servicio de los otros: una persona, no para sí, sino para otros...
Su vida fue también de renuncia y desapego. Fue dejando atrás mucho de lo que más quería: una familia, un hermoso terruño en el Tirol, una posible cátedra universitaria, una insistente pasión por ir a China, una vida fácil cerca del virrey, un inicio misionero en la Baja California, un interés grande por vivir entre los Seris... El secreto de su grandeza es muy sencillo: no se centró en sí mismo, sino pensó siempre en los demás.
No todos, sin embargo, estaban de su parte. Pablo López de Lara, lo resume: El trabajo evangelizador del padre Kino frecuentemente fue criticado, obstaculizado y frenado. Los terratenientes y los explotadores de las minas, apoyados por algunas autoridades menores, intentaron detener el ímpetu de la consolidación de los pueblos indios y el desarrollo de las misiones. Los reyes de España habían legislado sobre una larga serie de privilegios, verdaderas declaraciones de derechos humanos, en favor de los naturales, para restringir el avorazamiento económico de los que se enriquecían con su explotación. Como Kino buscaba para los indios su integral desarrollo, se vio expuesto a la deshonra y sufrió oposiciones y persecuciones por tratar de protegerlos.
¿Qué vería y sentiría él, si hoy regresara..?
Muchos hermanos sufren muy cerca de nosotros: hambre, enfermedad, desempleo, desprecio, pobreza, violencia, soledad, drogadicción, reclusión, propaganda mendaz, y muchas otras muertes que, a veces aun dentro del hogar, nos hacen muy difícil ser humanos. Como los pimas lo invitaban una y otra vez para que fuera a estar con ellos, así, aun sin palabras, el grito de muchos de ellos nos invita hoy a nosotros.
Honrar a Kino en estos días, será revivir sus actitudes. El año de Kino es buen tiempo para replantear nuestras vidas y proyectos, hacia algo que valga más la pena y el esfuerzo, algo consistente y duradero: una Sonora, una Arizona, una Patria, un Mundo más humanos, donde reinen la amistad, la vida civilizada y la justicia, empezando por la equidad en el reparto de lo que Kino creyó y vivió que era para todos.
Mucho logró él en su momento, sin caminos, sin computadoras, sin internet y en los sistemas de gobierno de su época. Lo podemos ver hoy cabalgando en bronce ante nosotros, en Magdalena, en Segno (Italia), en Phoenix y en la plaza Zaragoza de Hermosillo, o de pie, en Washington o Tijuana. Lo podemos saborear leyendo sus mejores biografías: las de Gómez Padilla y de Bolton, o las no por breves menos buenas de Poltzer o de López de Lara.
Pero podemos hallar su espíritu más cerca, dentro de nuestro propio corazón: en la luz, impulso y fuego interior que a todos nos invita a hacernos más humanos.., cosa que jamás podremos en aislado. La causa humana no es individual, sino de todos: o todos la logramos juntos, o no la logra nadie.
Para los creyentes en el Cristo, esta causa de Kino, antes que de él, es de Jesús. Y lo que internamente nos impulsa y alienta es el Espíritu de él. Tenemos certeza del triunfo, pues se trata de la causa de Dios mismo, el Padre de Jesús y Padre nuestro, dador de todos los favores.
Félix Palencia, sI
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